
“Los dos sexos no han compartido nunca el mundo en partes iguales” decía Simone de Beauvoir y no se equivocaba. Sin embargo haremos hincapié en aquellas diferencias que adquiere la diferencia entre los géneros específicamente con el advenimiento de la modernidad.
Para tomar conciencia de esto es necesario ubicarnos en un tiempo y espacio que generaron las condiciones necesarias para que las cosas hayan sucedido de determinada manera.
La masiva migración poblacional del campo al ámbito urbano, provocado por el surgimiento de nuevos puestos de trabajo que requería el nuevo sistema económico mundial, trajo aparejado una gran cantidad de consecuencias en cuanto a las formas de vivir la cotidianeidad que hicieron necesariamente que el delicado equilibrio entre lo instituido y lo instituyente, vacilara en pos de importantes cambios en la manera de sucederse y ver los acontecimientos.
El nuevo sistema económico mundial al que hacemos referencia es el capitalismo, y estos nuevos puestos de trabajo son producto de las revoluciones industriales que acompañaron estos cambios.
Este advenimiento de la modernidad trae consigo la idea de proyectos personales, de progreso, de “libertad” y con esto el surgimiento de nuevos roles, por supuesto diferenciales para el varón y la mujer.
El hombre irá a vender su fuerza de trabajo a las fábricas afuera de la casa. Por su parte, las mujeres seguirán en el ámbito privado, pero esta vez de la mano de sus hijos biológicos, por lo tanto los niños se criarán con sus madres, y no con las nodrizas como anteriormente lo hacían. Este traslado de lo rural a lo urbano entonces, no será de grandes familias donde conviven tres o cuatro generaciones en el mismo hogar, sino que será de familias nucleares que incluyen a padre, madre, e hijos.
De esta forma las mujeres quedan en el ámbito privado nuevamente, pero sin contacto con sus pares, ya que ahora, en esta modernidad incipiente, la maternidad pasa a ser el objetivo primordial y la tarea a la cual dedican la mayor parte del tiempo. Es curioso que las mujeres hayan comenzado a dedicarle todo su tiempo a la maternidad cuando, fruto del control de la natalidad y de la sexualidad también, la cantidad de criaturas a cuidar era menor, y aún cuando con la modernidad surge la escolarización. Lo que podemos concluir es que el hombre blanco heterosexual adulto, quien se encarga de tomar las decisiones de cómo se organiza el mundo y quien tiene el poder para hacerlo, haya creado la prisión masiva para los delincuentes, los manicomios para los locos, la escuela para los niños, y nuevamente el hogar y la “natural” vocación de la mujer de quedarse encerrada en la casa, como medios de tutelaje para con los miembros de la sociedad incapaces de cumplir con el paradigma vigente, es decir, aquellos sujetos incapaces de realizar un contrato social, o en sociedad. Ya sea por locos, los locos, por indisciplinados, los delincuentes, inmaduros, los niños o irracionales y pasionales, las mujeres.
En lo que refiere a las mujeres, el imaginario social que pende sobre ellas en la modernidad es creado y reforzado, mediante equivalencias simbólicas que aparecen fundamentalmente en los discursos médicos, sostiene Ana M. Fernández en “la mujer de la ilusión”, Cáp. III, que estos han sido siempre piezas claves en el conjunto de dispositivos estratégicos a través de los cuales la sociedad produce hombres y mujeres.
Como lo lograron? A través de la medicalización del cuerpo de la mujer, que era equivalente a la histérica, como natural, obviamente!. Otro dispositivo fue la alianza entre los médicos y la familia, siendo los primeros quienes tienen el saber a la hora de criar y educar a los niños, por consiguiente ubicando en cierto lugar a la mujer en la sociedad industrial y por ultimo el discurso médico de la “naturaleza femenina”, la cual se supone es instintiva y biológicamente frágil, sexualmente pasiva, emotiva, irracional, dependiente y predeterminada a la maternidad.
De esta forma y como se ha hecho desde los tiempos egipcios puede observarse un discurso medico que consagra la inferioridad femenina y otras características ya descritas como algo inherente a su naturaleza y establecido (por muchos siglos) por voluntad divina, generando la noción de que su inferioridad es “necesaria” y no contingente al orden de lo social o cultural, evitando de esta manera que la responsabilidad de las diferencias recaiga sobre la cultura que la produce, sino sobre culpables determinados, por lo tanto inmodificables.
Estas características históricamente construidas llevaran como correlato una maternidad, también construida históricamente, donde hay un pasaje de niña a mujer, mediante la adolescente que a través de los discursos sobre la inocencia, el pudor, y la ignorancia, podrá garantizar un futuro como buena esposa (y sumisa también!) no sólo fiel, sino demandante en lo sexual. De esta forma “ellas” serán Reinas y Prisioneras en el mundo privado, domestico, realizando un trabajo altamente productivo para la sociedad, aunque quedara por fuera de contratos y salarios, ya que por un lado lo publico cotiza desde siempre más que lo privado, y por otro porque su paga será el don del Amor. A pesar de esto cabe mencionar un cambio positivo en la modernidad que fue el hecho de que las mujeres pudieran comenzar a elegir a sus amados y comiencen a amarlos antes de casarse y no después porque no les quedaba otra ya que éste había sido elegido por sus padres. Sin embargo, esto no deja de ser una forma sutil y encubierta de mantener el patriarcado bajo la premisa de las elecciones por amor del nuevo “amor romántico”.
Por otro lado tenemos a los varones y su masculinidad que como hemos visto no se supone biológica como en el genero desprestigiado sino que se construye día a día. Podríamos decir que así como la mujer debe ser madre para ser mujer, el hombre debe construirse hombre para serlo.
Marques nos dirá que el discurso que flota en el aire desde la modernidad (y antes también) es que “ser hombre es ser importante”, justamente por que la mujer no lo es y por que todo lo importante es definido como masculino.
En el proceso de socialización diferenciado que recibe el varón recién nacido, sostiene Marques, lo fundamental es que el sujeto asuma la importancia de serlo (varón).
El proceso de socialización del varón por lo tanto conlleva permisos y prohibiciones o conductas fomentadas e inhibidas entre las cuales hallamos a la afectividad, lo domestico y lo intimo como reprimido y en el otro polo encontramos todo aquello que sirva para convertirse en sujeto pleno y exitoso en la vida social como puede ser la agresividad canalizada en la competencia, tanto física como intelectual.
Por otra parte el varón pequeño sin darse cuenta recibe informaciones que lo marcarán a él y a su manera de ver (y construir) a las mujeres:
El varoncito ve la importancia que tiene su padre en el grupo familiar y el orgullo de su madre por haber dado a luz a un varón. También observa que los cargos y ocupaciones de los varones suelen (“suelen” porque escribo esto en septiembre del 2006, sino diría “siempre son”) ser mas vistosos que los de las mujeres. Y sin duda un condimento esencial ya que no son pocas las familias, ni lo fueron, que son religiosas, aunque la religión nos entre por los poros simplemente por la cultura en la que vivimos. Este condimento es que las estructuras sobrenaturales de jerarquía máxima (Dios, Jesús, etc.) y sus intermediarios aquí en la aburrida vida terrenal (los curas, cardenales, Papas) sean personajes masculinos.
Sin embargo Marques ubica a la masculinidad en tensión entre el varón en propiedad y en precario, es decir, entre el varón refugiado en la condición sexual de ser varón y el varón angustiado por alcanzar los cánones y prototipos que el patriarcado exige para considerarse “hombre”. Dirá por lo tanto que: “el varón en propiedad no necesita vencer a las mujeres, porque ya es importante y da por sentado que las mujeres no lo son (…) y por el contrario, (…) el varón en precario necesita convencerse en cada terreno y en cada momento de su superioridad sobre cada mujer.”
La masculinidad opera entonces como un imperativo de “deber ser hombre” y esto se logra mediante ritos, pruebas, e iniciaciones por parte de pares o adultos, ya que debe haber un otro que los inicie, los socialice y los separe de la madre.
Mediante estas conductas prohibidas y fomentadas y premisas sobre el deber ser, se fue gestando el poder del hombre por sobre la mujer, pero parecería que nos vemos ante una crisis, ya que si bien todo varón debe responder a esta lógica, hay ciertos hechos de la realidad que hacen tambalear toda la subjetividad de genero de los varones, y de las mujeres también.
Pongamos un ejemplo concreto, hipotético, pero muy común hoy en día. Un varón y una mujer en pareja, donde la mujer ocupa no solo un puesto mas visible que su compañero de la vida amorosa, sino que también gana más dinero y es ella la que cumple con los requisitos del “progreso” y la meta del “éxito” capitalista mejor que él, o mejor dicho “mas” que él.
Encontramos pues, por un lado lo más obvio y más visible: el hombre teniendo que resignar su costado de varón en propiedad del que hablaba Marques y probablemente angustiado revolcándose en las profundidades que puede representar el momento de varón en precario en su psiquismo. Hecho que se da muy a menudo en parejas donde el hombre a quedado desempleado y la mujer por vez primera debe salir al ámbito público a sustentar a la familia nuclear. Con respecto a esto cabe hacerse la pregunta sobre si las tan frecuentes depresiones de los varones en estas condiciones son únicamente por haber perdido el empleo y sentirse inútiles o por ver la, hasta entonces oculta, utilidad de la mujer de un día para otro.
Por otro lado también comienzan a verse mujeres que deciden no tener hijos, “aunque sea por ahora” en pos de su realización personal/profesional/laboral que genera cierta angustia en todos, puesto que muchos y muchas todavía viven, porque han sido o hemos sido criados, bajo la premisa del patriarcado y del discurso naturalista de la mujer en tanto madre, pasiva, frágil, emocional, necesitada de protección, etc.
Por esto es que tampoco debemos dejar de lado la crisis que ocurre en la femineidad y la angustia que esto provoca en las mujeres.
Volviendo al primer ejemplo dado, la mujer también puede sentirse incomoda al no acomodarse a los parámetros pensados para ella, asumiendo una posición culturalmente reconocida como masculina, pero a la vez probablemente por dentro necesitando estar bajo el ala protectora (y activa) del macho, que satisfaga su emocionalidad, su necesidad de ser protegida, su “natural” dependencia y sus demandas sexuales. Estos son algunos de los motivos, que encontramos a la vuelta de la esquina de porque creemos que tanto la masculinidad como la femineidad se hallan en crisis en este mismo momento en buena parte gracias a los esfuerzos de muchas mujeres que se han dedicado a que hoy muchas otras puedan salir al ámbito público a ofrecer sus recursos, aunque cobrando menos por ellos, claro está. Esperemos que una Gran Guerra, aparte de lo negativa que puede llegar a ser para todos, no venga a proporcionarle al varón su posibilidad de reinsertarse cómodamente en sus deberes agresivos de macho y continúe el camino hacia una vivencia del mundo compartida por hombres y mujeres en igualdad de condiciones.